miércoles, 6 de julio de 2011

El secreto del tiempo


No existió; nació; vivió; murió; no existió. Éste es el periplo imposible de Justine Leifert, ciudadana alemana incomprendida e inadvertida por sus contemporáneos, única que en vida fue consciente de la inconsciencia pretrérita y futura, infinitas ambas, pero unidas por un puente sorprendentemente corto y estrecho. Cuando Justine vio la luz en la ciudad de Straubing, en la baja Baviera, corría el año 1868, el mismo en que proféticamente se unieron las líneas férreas americanas del pacífico y el atlántico, en un hito tecnológico sin precedentes. La vida de Justine transcurrió apacible en el mundo rural que la envolvía, y de hecho nada hay de destacable en toda ella que la haga merecedora de atención biográfica. Cierto que fue feliz, pero la felicidad, pese a no ser común, no distingue especialmente a las gentes que la disfrutan, en su mayoría humildes. Lo que en realidad hubo de extraordinario, de inabarcable en la vida de Justine, fue su toma de conciencia de una realidad pretérita y futura, o quizá sería mejor decir de una sorprendente irrealidad. A medida que fue creciendo, la niña fue teniendo "no recuerdos" anteriores a su nacimiento, una conciencia terrible de un vacío en donde ella no estuvo, pero sin el cuál no se podía entender su presencia actual en el mundo. No se trataba de una elucubración derivada del razonamiento, sino de una percepción del mismo calibre que la vista de los prados cercanos a su casa, o que el canto de los pájaros del bosque. Llegó un momento, sin poder precisar cuándo, en que a esta percepción del pasado se sumó una aún más sorprendente del futuro, de los instantes eternos posteriores a su muerte. Era exactamente el mismo vacío que el anterior, sólo que trasladado hacia adelante en el tiempo por el intervalo infinitesimal que abarcaba su vida. Cuando Justine pudo percibir más claramente ambos vacíos, comprobó que en realidad se trataba de la misma materia amorfa que rodeaba con su manto terrible los años felices de su paso por el mundo, y pudo contemplar en su justa dimensión la pequeñez, la absurdidad, la insignificancia de estos años en comparación con la profundidad abisal del no-mundo. Lo que en cualquier alma más cultivada habría causado la angustia existencial más absoluta, fue tomado por Justine como algo natural, tanto como el cielo azul, la puesta del sol o el milagro de la primavera. Al principio hablaba de ello a sus familiares y amigos, pero nadie le comprendía, y como empezaron a mirarle con lástima dejó de hacerlo, y se limitó a contemplar esos vacíos con naturalidad, como algo que no iba con ella pero que estaba ahí, inconmensurable, fuera de su ser, fuera de todos los seres, fuera del espacio y fuera del tiempo.


Justine Leifert murió el 25 de julio de 1943 en Birkenau, con una beatífica sonrisa en la boca. Su vida se apagó dulcemente mientas el gas inundaba todas sus células, consciente de que no existía horror en el mundo comparable al vacío, y con el consuelo de que ese vacío es inhabitable. Fue feliz hasta el último instante de su vida, y se llevó a la tumba el secreto del tiempo.

5 comentarios:

Blimunda dijo...

Me he sentido muy cerca de Justin y su concepción del tiempo ,gracias a tus palabras. Buscaré algo sobre ella.
Solo una cosa, en las cámaras de gas ninguna vida pudo haberse acabado dulcemente. Ojalá hubiera sido así.

Me ha encantado la entrada. Un abrazo y gracias, Ridao.

Muñoz Escasso dijo...

No se si lo he pillado del todo. A ratos he disfrutado mucho de tu relato.
Hace dos años perdí a una prima con cuarenta años, por un proceso infeccioso que resultó imparable.
Todo era ruido, calor,-el calor inefable de los tanatorios-. En medio del caos me acerqué a un tío mío para vomitar mi incredulidad por la muerte de alguien tan joven; y lo injusto y antinatural de su prematura desaparición.
Aún retumban en mi las palabras de mi tío. "Cuando uno muere es irrelevante el tiempo que ha vivido".

Después de esta sobredosis de realidad humana, urge que mañana recuperes a Chiquito.
Eres un fenómeno Ridao.
Me he metido con "El Lector". A ver si me cuesta menos que Salinger.

José Miguel Ridao dijo...

No lo busques, Blimunda, es ficción, como ficción es la muerte dulce en la cámaras de gas. Bajo el paraguas de la ficción de nos permiten las licencias más antinaturales.

Es tremendo lo que cuentas, Escasso, da mucho que pensar, más que mi relato. A mí Salinger no me gustó, la verdad, veo sobrevalorado "El guardián en el centeno". No he leído "El lector", valga la rebuznancia. Ya me cuentas.

Abrazos.

L.N.J. dijo...

Ay, esta historia es realmente maravillosa.

José Miguel, me encantó. Volveré para leerla.

La caña de besos...

José Miguel Ridao dijo...

Muchas gracias, Lourdes. Me siento especialmente contento con este relato. Un beso.